Cuando
la conocí, mi primera impresión fue que estaría conmigo en cada momento de mi
vida. De tanto en tanto la visitaba, la descubría, la consultaba. Depositaba en
sus manos, periódica e indefinidamente, un puñado de mi propia esencia. Ella era dueña de mi libertad, poseía la más
completa potestad sobre mi persona. Era capaz de redimirme y de dominarme. Era,
exclusivamente, mi dueña, y lo tenía absolutamente claro. Así fue nuestra
relación; dulce y agraz, de mil tonalidades. De sensibilidades a flor de piel,
de besos cortos, pero intensos.
Los días de lluvia inesperada siempre fueron mis favoritos, sobre todo si aquellos – por las casualidades propias de la vida- tocaban ser las mañanas de domingo. Ese era el día por excelencia para recorrerla a mansalva, a diestra y siniestra. Para descubrirla pura y casta, para atacarla por sorpresa. Para disfrutarla a bocanadas mínimas en cada milímetro, en cada espacio.
Excepciones a los domingos habían pocas. Pero he de admitir, que cuando creí que asomaba el mejor de los escenarios, desgraciadamente este cuento de amor se distanció del mismo, y se transformó en la más tediosa de las escenas de suspenso. Con dudas en forma de balón recorriendo el sitio, persiguiéndome y cuestionándome, el por qué de este amor empobrecido.

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